La mala gestión pone en jaque a Netanyahu

El 23 de agosto, cuando Netanyahu, anunció que apoyaría un proyecto de ley cuyo propósito era básicamente evitar que el gobierno cayera al día siguiente, los israelíes dieron un suspiro de alivio. Durante semanas, el gobierno de coalición que conformó, había estado a punto de colapsar porque se acercaba el mandato legal de aprobar el presupuesto del Estado para el 24 de agosto, y todavía no se tenía claridad sobre qué tipo de presupuesto apoyaría el gobierno. Apenas tres meses después de la formación del último gobierno de Netanyahu, parecía que los israelíes volverían a las urnas por cuarta vez en menos de dos años.

Esa crisis inmediata pasó, pero lo que Netanyahu ofreció fue solo un respiro temporal. Extendió el plazo del presupuesto en 120 días y dejó claro con sus comentarios que estaba ganando tiempo, no haciendo las paces con sus socios de la coalición.

Pidió unidad en la coalición, pero al mismo tiempo atacó a su principal socio, el partido Azul y Blanco del primer ministro suplente Benny Gantz. De hecho, ni siquiera se había tomado la molestia de decirle a Gantz que había decidido apoyar la legislación para cambiar el plazo y como todos los demás, se enteró al ver la transmisión por televisión. Es por eso que la amenaza de nuevas elecciones aún se siente en los pasillos de la Knéset y en toda Israel.

La actuación fue típica de Netanyahu desde que el gobierno asumió el cargo en mayo. Denominada una coalición de «unidad nacional» del Likud de Netanyahu, Azul y Blanco, y dos partidos ultraortodoxos, las negociaciones de la coalición se basaron en la desconfianza mutua y el acuerdo final se estructuró bajo el supuesto de que cada lado trataría de destruir al otro. Diseñado para garantizar la estabilidad, parece haber hecho lo contrario.

La coalición no tenía por qué resultar de esa manera. Después de tres elecciones inconclusas, los israelíes querían un gobierno de unidad y no había ninguna razón política abrumadora por la que no pudieran conseguirlo. El Likud y Azul y Blanco no están tan separados ideológicamente, especialmente en cuestiones fundamentales como la defensa y la economía. Y no hubo un desacuerdo fundamental sobre la política del coronavirus.

El gobierno y las medidas sobre el COVID-19

Justo cuando el nuevo gobierno asumía el cargo, parecía que Israel había derrotado al COVID-19. Con el número de nuevos casos diarios cerca de cero, el gobierno levantó sus medidas más restrictivas y el propio Netanyahu instó a los israelíes a salir y divertirse. Eso resultó ser un gran error. En dos semanas, la cantidad de casos nuevos estaba aumentando rápidamente y nada de lo que han hecho los funcionarios desde entonces ha logrado revertir la tendencia. Últimamente, ha habido días en los que Israel ha tenido la tasa más alta de nuevos casos de COVID-19 per cápita en el mundo.

Después de muchas vacilaciones, el gobierno se dio cuenta de que no tenía más remedio que ordenar un nuevo bloqueo general, que entrará en vigor este viernes durante tres semanas, en vísperas de Rosh Hashaná.

La gente quiso pensar que el resurgimiento de la pandemia podría haber sido un catalizador para la unidad de la coalición. Un esfuerzo exitoso habría sido una gran victoria política para todos los socios de la coalición, y especialmente para Netanyahu. Sin embargo, Netanyahu evitó casi a toda costa la creación de un frente unido, pero necesitaba la continuidad en el gobierno. Repetidamente bloqueó los esfuerzos para otorgar al ministerio de defensa de Gantz más responsabilidad en la gestión de crisis o para nombrar un zar del coronavirus.

Con las elecciones en mente, rechazó un plan para imponer un bloqueo en las ciudades, en su mayoría ultraortodoxas, donde la tasa de infección es más alta. Mientras tanto, el primer ministro está en una guerra de ofertas con su ministro de Finanzas sobre quién puede parecer más generoso con las ayudas sociales a los ultraortodoxos. El resultado ha sido que el gobierno ha gastado mucho, pero no de manera muy efectiva, para mantener la economía a flote.

De cara a nuevas elecciones

Netanyahu ha optado por mantener a Israel al límite con la amenaza de nuevas elecciones casi desde el primer día en que se formó su gobierno. La explicación más común de su comportamiento es que no tiene intención de ceder el cargo de primer ministro a Gantz en noviembre de 2021, como se estipula en el acuerdo de coalición. Aparentemente está preparado para hacer lo que sea necesario, incluido arrastrar al país a una cuarta elección e incluso a una quinta, para asegurarse de que permanezca en el cargo.

Sin duda, esas elecciones probablemente también terminarían de manera inconclusa por la gran separación política que hay entre la población israelí.

Ninguna de las encuestas muestra que Netanyahu esté cerca de formar el gobierno al que aspira. En el peor de los casos, podría encontrarse en la oposición. Su odiado «archirrival» por los votos de la derecha, Naftali Bennett, ha subido de rango aprovechando las fallas del coronavirus del gobierno para presentarse como el gerente del momento que puede lograr lo que «el torpe gobierno de Netanyahu no ha logrado». Pero Netanyahu parece convencido de que las encuestas están equivocadas o que los votantes se darán cuenta antes del día de las elecciones de que él es el único capaz de liderar a Israel.

Un intento de demostrarlo fue el tan anunciado acuerdo de normalización con los Emiratos Árabes Unidos el mes pasado. Puede que tuviera la intención de servir como un recordatorio de las famosas habilidades diplomáticas y la visión de Netanyahu, pero no fue así. Los Emiratos Árabes Unidos no se encuentran entre los enemigos mortales de Israel.

Es tan remoto en la mente israelí, que las noticias de normalización fueron acompañadas de artículos que describían a Emiratos Árabes Unidos de una manera que se parecía a un artículo de promoción del Ministerio de Turismo de ese país. Más importante aún, el acuerdo logró alterar a los ultraortodoxos al negociar la normalización de las relaciones por el cese de la anexión de Cisjordania.

Al parecer, Netanyahu también consintió en que los Emiratos Árabes Unidos compraran aviones de combate F-35 de última generación a los Estados Unidos, lo que dañó la ventaja militar de Israel.

Netanyahu ha afirmado que la anexión solo está «suspendida» y que nunca aceptó la venta de los F-35. Ya sea que sea sincero o no, la culpa es suya. Como es su estilo, Netanyahu mantuvo a Gantz y al canciller azul y blanco Gabi Ashkenazi en un segundo plano sobre las conversaciones de los Emiratos Árabes Unidos hasta el último minuto. Si hubieran sido consultados, el resultado no habría sido necesariamente mejor, pero, como no lo hizo, la culpa es solo de Netanyahu.

Aunque muchos israelíes temen admitirlo, —y entre ellos me incluyo—, Netanyahu parece haber superado su mejor momento político y está perdiendo la reputación de gran maestro de la seguridad nacional, la diplomacia y la economía. Estando cada vez más aislado políticamente.

La lista de aliados y asociados que se volvieron contra él y abandonaron el partido Likud con frustración es larga, incluidos algunos como Bennett y Moshe Yaalon, exministro de Defensa de Netanyahu, que se han convertido en enemigos acérrimos. En estos días, Netanyahu parece depender de su familia y algunos leales incondicionales, como el ministro de Seguridad Pública, Amir Ohana. Esto solo hace pensar que Israel está bajo el control de un líder que solo puede permanecer en el poder creando caos.

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